Cuando la mediocridad se convierte en violencia
En demasiadas ocasiones la mediocridad se manifiesta de una forma muy concreta: atacando a quien destaca.
Ridiculizar, humillar o desacreditar a otra persona no es una muestra de fortaleza. Es, en realidad, una forma de mediocridad.
Este tipo de comportamientos pueden aparecer en muchos contextos:
- en la escuela
- en el trabajo
- en los grupos sociales
- en Internet.
Y a menudo se justifican como bromas o conflictos normales cuando en realidad esconden dinámicas de abuso.
El bullying y otras formas de violencia
El bullying, el acoso laboral o la humillación pública comparten una característica común: el abuso de poder.
Siempre existe una relación desigual en la que una persona o un grupo intenta imponer su superioridad sobre otra persona.
Este tipo de situaciones no deberían normalizarse.
La convivencia social exige respeto.
La responsabilidad de quienes observan
En muchos casos el problema no es solo quien agrede.
También lo es el silencio de quienes observan.
Las situaciones de acoso o humillación suelen mantenerse porque el entorno mira hacia otro lado.
Por eso es importante recordar que la convivencia no se construye solo con normas.
Se construye con la actitud de las personas.
Una cuestión de dignidad
Rechazar estas conductas no es una cuestión de corrección política.
Es una cuestión de dignidad humana.
Ninguna sociedad que aspire a ser justa puede aceptar la humillación como forma de relación.
Elegir la convivencia
Frente a la mediocridad que ridiculiza, humilla o agrede, siempre existe otra opción.
La opción del respeto.
La opción del diálogo.
La opción de la convivencia.
Decidir qué tipo de relaciones queremos construir es una responsabilidad individual y colectiva.