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¿Quién tiene derecho a nombrar un país?

Diplomacia, protocolo y reconocimiento en el siglo XXI

Durante siglos hemos pronunciado con absoluta naturalidad nombres como Egipto, Alemania, Japón, Grecia o Marruecos sin preguntarnos si esos son realmente los nombres con los que esos países se identifican. Lo hacemos porque así los aprendimos, porque forman parte de nuestra lengua y porque los heredamos de una tradición histórica que parecía incuestionable.

Sin embargo, una conversación cotidiana puede abrir una reflexión mucho más profunda. ¿Qué ocurre cuando descubrimos que una persona egipcia conoce su país como Miṣr, una persona alemana habla de Deutschland o una persona marroquí se refiere a Al-Maghrib? ¿Quién decide entonces cuál es el nombre «correcto»?

Esta cuestión trasciende la lingüística. También afecta a la diplomacia, al protocolo, a la comunicación institucional y a la forma en que los Estados se reconocen mutuamente.

Vivimos en una época caracterizada por la globalización, la comunicación inmediata y la interconexión permanente. En este nuevo escenario, nombrar correctamente deja de ser un simple hábito lingüístico para convertirse también en una manifestación de respeto institucional.

Nombrar nunca ha sido un acto neutro

Las palabras no solo describen la realidad. También la representan.

Cuando una institución, una empresa o un gobierno nombran a otro Estado están haciendo algo más que utilizar una palabra del diccionario. Están identificando una realidad política, cultural e institucional.

Por ello, el nombre de un Estado constituye uno de sus principales elementos de identidad internacional.

Durante siglos esto apenas generó debate. Cada lengua desarrolló sus propios nombres para los países extranjeros. España hablaba de Alemania, Francia de Allemagne, Inglaterra de Germany y Polonia de Niemcy. Ninguno de estos nombres coincide con Deutschland, utilizado por los propios alemanes.

No era una cuestión de falta de respeto. Era consecuencia de una evolución histórica en la que las lenguas se desarrollaban de forma relativamente independiente.

Hoy el contexto es completamente diferente.

Exónimos y endónimos: una diferencia que importa

La lingüística distingue entre dos conceptos fundamentales.

Un exónimo es el nombre que otra lengua utiliza para designar un lugar.

Un endónimo es el nombre que utilizan quienes pertenecen a ese territorio.

Así, Egipto es un exónimo en español; Miṣr es su endónimo árabe.

Del mismo modo:

  • Alemania / Deutschland.
  • Grecia / Hellás.
  • Finlandia / Suomi.
  • Albania / Shqipëria.
  • Armenia / Hayastan.

Los exónimos forman parte del patrimonio de cada lengua y no son, por sí mismos, un error.

Sin embargo, conocer esta diferencia permite comprender que los nombres también expresan identidad y que esa identidad merece ser conocida.

La globalización ha cambiado las reglas del juego

Hace doscientos años era perfectamente comprensible que cada país utilizara sus propias denominaciones tradicionales.

Las comunicaciones eran lentas.

Los contactos internacionales eran limitados.

La información circulaba con dificultad.

Hoy ocurre exactamente lo contrario.

Las videoconferencias, Internet, las redes internacionales, los intercambios académicos, las empresas multinacionales y la movilidad constante hacen que ciudadanos de países diferentes interactúen diariamente.

En este contexto resulta razonable preguntarse si el conocimiento de los endónimos debe ocupar un lugar más relevante dentro de la cultura internacional.

No se trata de sustituir automáticamente todos los nombres tradicionales.

Se trata de comprender qué significan y cuándo puede resultar más apropiado utilizar la denominación oficial de un Estado.

Diplomacia y reconocimiento

La diplomacia se basa en el reconocimiento mutuo.

Los Estados reconocen fronteras.

Reconocen gobiernos.

Reconocen símbolos.

Reconocen banderas.

Reconocen himnos.

También reconocen nombres.

Por eso no resulta extraño que algunos países hayan solicitado oficialmente que la comunidad internacional utilice su denominación preferente.

Estos cambios no responden únicamente a cuestiones lingüísticas.

Con frecuencia expresan transformaciones políticas, culturales o identitarias.

El nombre con el que un Estado desea ser conocido constituye parte de su representación internacional.

El protocolo no puede permanecer ajeno a esta realidad.

El protocolo del siglo XXI exige una mirada más amplia

El protocolo contemporáneo ya no puede limitarse únicamente al ceremonial.

También debe comprender los códigos culturales que favorecen el respeto entre instituciones y entre pueblos.

Nombrar correctamente forma parte de esa cultura del reconocimiento.

Un profesional del protocolo internacional debería conocer cuándo un documento diplomático aconseja emplear una determinada denominación oficial.

Del mismo modo que cuida las precedencias, los tratamientos o los símbolos nacionales, también debe prestar atención al lenguaje con el que identifica a los Estados.

No porque exista una obligación absoluta de abandonar los exónimos tradicionales, sino porque cada contexto exige una respuesta adecuada.

La competencia profesional consiste precisamente en saber distinguir esos contextos.

Internet y la inteligencia artificial abren un nuevo escenario

Existe además una dimensión completamente nueva.

Los nombres de los Estados ya no solo aparecen en mapas impresos.

Hoy forman parte de buscadores, bases de datos, traductores automáticos, sistemas cartográficos, asistentes conversacionales e inteligencias artificiales.

Los nombres se convierten en identificadores globales.

Esta realidad introduce un desafío inédito.

La gobernanza de la comunicación digital también necesita criterios claros para nombrar el mundo.

La inteligencia artificial trabaja con millones de documentos escritos en idiomas diferentes.

Cuanto mayor sea la precisión terminológica, mayor será también la calidad de las relaciones internacionales y de la comunicación institucional.

La gobernanza humana de la inteligencia artificial deberá prestar atención a cuestiones aparentemente pequeñas que, en realidad, afectan al reconocimiento entre culturas.

Inclusión también significa reconocer cómo el otro se nombra

Con frecuencia asociamos la inclusión exclusivamente a las personas.

Sin embargo, también puede aplicarse a los pueblos y a los Estados.

Conocer cómo una nación se identifica a sí misma constituye una forma de respeto cultural.

No obliga necesariamente a modificar todas las tradiciones lingüísticas.

Pero sí invita a superar la indiferencia.

El objetivo no consiste en imponer nuevas palabras.

Consiste en comprender que detrás de cada nombre existe una historia, una identidad y una voluntad de representación.

Nombrar también es representar

El protocolo siempre ha entendido que los símbolos importan.

Una bandera mal colocada comunica.

Un tratamiento incorrecto comunica.

Una precedencia alterada comunica.

Los nombres también comunican.

Quizá durante siglos los exónimos fueron la solución más razonable.

Pero el siglo XXI nos invita, al menos, a reflexionar sobre ellos desde una perspectiva diferente.

No para borrar la historia de las lenguas.

Sino para incorporar una mirada más consciente, más respetuosa y más coherente con una sociedad global, digital e interconectada.

Porque la diplomacia comienza mucho antes de la firma de un tratado.

Comienza en la manera en que decidimos reconocer al otro.

Y, en ocasiones, ese reconocimiento empieza simplemente por el nombre con el que lo llamamos.

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