DE LO QUE NOS GUSTA HABLAR

La imagen también elige

La polémica surgida alrededor de La Casita de Bad Bunny, recogida en un artículo o de El País, vuelve a plantear una cuestión incómoda: por qué la imagen importa tanto en una sociedad que afirma constantemente que la apariencia no debería ser determinante.

La discusión se ha centrado en la selección de mujeres para ocupar ese espacio privilegiado dentro del espectáculo y en la aparente homogeneidad de los perfiles elegidos. Han aparecido, como era previsible, palabras como belleza, diversidad, inclusión, estereotipo, frustración o discriminación.

Pero quizá la pregunta principal no sea quién entró en La Casita ni quién quedó fuera.

Quizá la pregunta sea otra: si la imagen no importara, ¿por qué existe la polémica?

Existe porque sabemos que la imagen importa. Importa en un escenario, en una fotografía, en una campaña, en una entrevista, en una reunión, en una gala, en una red social y en una presentación pública. Importa aunque incomode reconocerlo.

La imagen influye en la atención que recibimos. Influye en la percepción de atractivo, autoridad, confianza, cercanía o prestigio. No lo decide todo, pero tampoco es irrelevante. Forma parte del modo en que las personas, las marcas, los grupos y las instituciones son leídos por los demás.

Por eso no tiene sentido convertir la belleza en sospechosa. La belleza existe, conmueve, atrae, ordena y comunica. Una producción musical, una marca, un evento o una puesta en escena tienen derecho a construir una estética determinada. La imagen no es un adorno menor: es parte del lenguaje público, por eso tener estilo no es tener criterio, aunque muchas veces se confundan.

Cuando una imagen se convierte en la imagen deseable

El problema aparece cuando una imagen concreta se convierte, una y otra vez, en la única imagen que parece merecer el centro de la escena.

Entonces la belleza deja de ser solo una búsqueda estética y empieza a funcionar como un código de acceso. No siempre se formula. No siempre se reconoce. Pero opera.

Hay personas que parecen encajar de inmediato en determinados espacios. Otras sienten que observan desde fuera. No porque alguien les diga expresamente que no pertenecen, sino porque el propio escenario parece haber sido construido para otro tipo de cuerpo, de edad, de gesto, de presencia o de seguridad visual.

Esto no sucede solo en un concierto.

Sucede cuando una empresa elige quién aparece en su web corporativa. Sucede cuando una institución selecciona a sus portavoces. Sucede cuando una marca decide qué cuerpos muestran sus campañas. Sucede cuando una persona siente que debe parecer más joven, más delgada, más segura, más elegante o más neutra para ser tomada en serio. Esta es una de las razones por las que MUSA trabaja la imagen como criterio de coherencia, no como simple embellecimiento.

Ahí nacen muchas frustraciones contemporáneas: no en la existencia de la belleza, sino en la repetición de un ideal estrecho que acaba pareciendo natural.

La imagen tiene poder porque construye expectativas. Antes de escuchar una palabra, ya hemos interpretado algo. Antes de conocer a una persona, ya hemos recibido una impresión. Antes de decidir conscientemente, ya hemos sido afectados por una forma, una postura, una ropa, un gesto o una escena.

La imagen organiza mucho más que la apariencia

La polémica de La Casita interesa porque hace visible un mecanismo que normalmente funciona en silencio: la imagen también elige.

Elige quién recibe atención. Elige quién parece encajar. Elige quién resulta aspiracional. Elige quién ocupa el centro y quién queda en los márgenes.

No lo hace sola. No lo hace de manera absoluta. Pero participa en la distribución del reconocimiento.

Por eso hablar de imagen no es hablar de superficialidad. Es hablar de percepción, de códigos sociales, de presencia pública y de acceso simbólico. La imagen no sustituye a la persona, pero condiciona el modo en que la persona es recibida.También ocurre en el ámbito institucional, donde los símbolos y los gestos públicos construyen poder visible.

La cuestión no es eliminar la imagen de la vida pública. Eso sería imposible y, además, empobrecedor. La cuestión es comprender mejor qué imágenes premiamos, cuáles repetimos, cuáles dejamos fuera y qué efectos produce esa selección.

La belleza no es el problema.

El problema aparece cuando dejamos de ver que una determinada belleza puede convertirse en medida silenciosa de valor, pertenencia o deseo.

La imagen importa. Y precisamente porque importa, conviene pensarla con más cuidado.

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