En una cafetería o en un restaurante, la cuenta de la primera cita suele convertirse en un momento cargado de significado. No se trata solo de dinero, sino de símbolos. Desde siempre, los gestos pequeños han tenido un gran poder: abren o cierran puertas, transmiten respeto o, por el contrario, crean incomodidad.
Durante siglos, el patrón estaba claro: el hombre pagaba. Ese gesto estaba asociado a la idea de protección y a un modelo social donde los roles estaban rígidamente repartidos. Hoy, la sociedad ha evolucionado, y las buenas maneras en el amor también se están actualizando.
En mis trabajos y en mi libro Las buenas maneras en el amor insisto en algo: las formas no son rigideces vacías, sino lenguajes afectivos que nos ayudan a entendernos. La cortesía en una primera cita no es una cuestión económica, sino simbólica. ¿Qué expresamos cuando pagamos? ¿Qué transmitimos si preferimos dividir la cuenta?
- Si paga quien invita, se mantiene la lógica clásica de la hospitalidad. Es un gesto claro y cómodo, que evita dudas. Algo que se aplica más en los contextos sociales y familiares.
- Si se comparte la cuenta o cada quien paga lo que ha consumido, se proyecta igualdad y se evita cualquier desequilibrio. Cada vez es más habitual, sobre todo entre la juventud en buena parte del planeta.
- Pero, todavía existen contextos culturales en los que se continúa esperando que sea el hombre quien pague.
Lo esencial, es la pura lógica y sentido común, es que no haya tensión. Una primera cita debería ser un espacio de descubrimiento, no de pruebas de poder. La verdadera elegancia no está en imponer quién paga, sino en resolverlo con naturalidad, sin dramatizar, leyendo al otro y mostrando respeto.
La cuenta, como tantas escenas de la vida cotidiana, es un pequeño protocolo afectivo. Igual que en la vida pública existe un anfitrión que acoge y un invitado de honor que agradece, en el amor también hay anfitriones e invitados que se alternan en un juego de gestos. Ese es el lenguaje invisible de las relaciones: cortesía, hospitalidad, reciprocidad.
Al final, lo que importa no es si la tarjeta pasa por una mano o por dos, sino si el gesto refuerza la sensación de cuidado mutuo. Porque en el amor, como en el protocolo, no manda la norma escrita, sino la belleza del detalle compartido.
Artículo inspirado a raíz de mi presencia en el programa «A tarde con Antón Rebollido» de Radio Galega (RTVG).