DE LO QUE NOS GUSTA HABLAR

Audiencias educadas

Hablar en público exige preparación, responsabilidad y respeto hacia las personas que han decidido dedicar su tiempo a escuchar. Quien se dirige a un grupo debe organizar sus ideas, preparar el contenido que desea transmitir y procurar que la comunicación resulte clara y comprensible.

Sin embargo, hay algo de lo que se habla mucho menos: el papel de la audiencia.

Durante los últimos meses he tenido que realizar numerosos desplazamientos para impartir formaciones y participar en distintos encuentros. En algunos de esos viajes, especialmente en trayectos largos en tren, he tenido tiempo para reflexionar sobre el comportamiento de las personas que asisten a escuchar a alguien hablar.

Y he recordado muchas situaciones vividas a lo largo de los años.

Desde aquella pareja joven que vivía su amor en primera fila durante una de mis primeras intervenciones públicas, hasta la adolescente que, obligada a asistir a una actividad que no había elegido, decidió cerrar los ojos y fingir que dormía mientras hablaba, aunque los abría de vez en cuando para comprobar si conseguía llamar mi atención.

Estas escenas pueden parecer anecdóticas, pero en realidad revelan algo interesante: el comportamiento de las audiencias sigue patrones bastante reconocibles.


Diferentes formas de estar en una audiencia

Cuando una persona se dirige a un grupo, suele encontrarse con perfiles muy distintos.

Está quien necesita hacerse notar constantemente. Lo hace a través de gestos, comentarios o actitudes que buscan cuestionar lo que se está diciendo. Con frecuencia esta persona transmite la idea de que ya sabe más que quien está hablando o que los contenidos que se presentan no tienen ningún valor.

Curiosamente, suele aparecer también otro perfil muy cercano: la persona que esperaba mucho más y que se siente profundamente decepcionada por haber asistido.

En el extremo contrario encontramos a quienes reaccionan con entusiasmo exagerado, aprobando cada palabra con gestos que a veces resultan tan desproporcionados que es difícil saber si realmente están escuchando o simplemente representando un papel.


El valor de las audiencias educadas

Pero también existen otro tipo de personas.

Son aquellas que escuchan con atención, que participan cuando se abre un espacio para el diálogo, que plantean dudas o comparten puntos de vista distintos con respeto y que, en muchas ocasiones, se acercan al finalizar para agradecer lo aprendido o para continuar la conversación.

Esas personas forman lo que podríamos llamar una audiencia educada.

Una audiencia educada no significa una audiencia pasiva ni silenciosa. Significa una audiencia que comprende que el espacio de la palabra compartida exige respeto mutuo.


Escuchar también es una forma de educación

Con frecuencia se insiste —con razón— en la importancia de preparar bien una ponencia, una formación o una conferencia.

Hablar en público no consiste en improvisar ni en entretener a la audiencia con fuegos artificiales. La finalidad es transmitir conocimiento, compartir experiencias o abrir un espacio de reflexión.

Pero escuchar también exige una actitud.

Escuchar implica atención, respeto por el tiempo de los demás y disposición para comprender lo que se está diciendo, incluso cuando no coincide con nuestras expectativas o nuestras opiniones.


Una responsabilidad compartida

Cuando una intervención funciona bien no es solo mérito de quien habla.

También lo es de quienes escuchan.

Por eso, igual que quien se dirige a un público tiene la responsabilidad de prepararse, las audiencias también tienen la responsabilidad de comportarse con educación.

Porque el conocimiento se transmite mejor cuando existe respeto mutuo entre quien habla y quien escucha.

Y ese respeto es, en definitiva, una de las formas más sencillas —y más necesarias— de Protocolo.

Mi conclusión, la preparación de una presentación, formación o ponencia es fundamental por parte de quien habla a un grupo, pero no es menos importante que las audiencias sean educadas.

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