El 29 de octubre de 2025, España celebró en Valencia un Ceremonial de Estado Laico en memoria de las víctimas de la DANA de 2024, un acto solemne en el Museo de las Artes y Ciencias de Valencia, presidido por Sus Majestades los Reyes y con la presencia de las más altas autoridades del Estado. A lo largo de la ceremonia se leyeron los nombres de las 237 personas fallecidas, se guardó un minuto de silencio y se depositó una ofrenda floral en su memoria.
El ceremonial de Estado laico se ha convertido en una herramienta institucional para expresar el duelo colectivo en sociedades democráticas y pluralistas.
Más allá de la emoción colectiva, este funeral nos deja una lección de protocolo contemporáneo, donde las formas institucionales construyen memoria a través de la puesta en escena comunicativa de este acto, histórico.
Qué es un Ceremonial de Estado Laico y su configuración histórica en España
No fue hasta el 16 de julio de 2020 que se celebró lo que se ha identificado como el primer ceremonial de Estado laico de la democracia española, convocado en homenaje a las víctimas de la pandemia de COVID-19. Aquella ceremonia en la Plaza de la Armería del Palacio Real marcó un punto de inflexión: la institucionalización del duelo civil.
El acto de Valencia sigue esa línea: un acto civil, presidido por la Corona, con participación de las instituciones del Estado y protagonismo central de las víctimas.
Así, se puede definir el «ceremonial de Estado laico» como la expresión ritual del Estado democrático que, prescindiendo de ritos religiosos, reafirma los valores civiles y constitucionales —la dignidad humana, la libertad de conciencia, el pluralismo y la memoria compartida— mediante una puesta en escena solemne e inclusiva.
Diseño protocolario
Desde el punto de vista del Protocolo Oficial se cumplieron tres grandes criterios: jerarquía (presidencia indiscutible), precedencia (autoridades de nivel estatal al frente) yclaridad de roles (familias como protagonistas del homenaje).
El homenaje se celebró a las 18:00 horas en la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia. Cada víctima estuvo representada por cuatro familiares, lo que implicó una disposición espacial especialmente compleja: cerca de un millar de personas entre familiares, autoridades, cuerpos de seguridad y medios de comunicación.
El guion incluyó tres momentos esenciales: la lectura de los nombres de las víctimas, el minuto de silencio y la ofrenda floral encabezada por los Reyes. La imagen para la historia se articuló en torno a una presencia coral —el Estado, las víctimas y la sociedad civil— más que a una autoridad única.
Precedencias, presidencias y la tensión entre técnica y política
Determinar presidencias, precedencias y contexto es siempre una tarea delicada, más aún cuando el contexto es emocionalmente hostil.
En este caso, la organización del saludo de autoridades a las familias, antes de la ceremonia, generó debate entre profesionales y observadores. Un saludo encabezado por los Reyes y el presidente del Gobierno, sin la presencia del presidente autonómico valenciano. La decisión, que responde a una lógica política, supuso una alteración respecto al criterio habitual de precedencias recogido en el RD 2099/1983 de Precedencias del Estado, según el cual la autoridad anfitriona figura entre las primeras posiciones en la presidencia y saludo.
Desde la perspectiva técnica, el Protocolo no improvisa, sino que aplica el orden normativo vigente y lo adapta a la naturaleza del acto, con una consigna fundamental: preservar la neutralidad. En Valencia, esa tarea fue complejísima. La emoción —unida a la legítima indignación de parte de las familias— obligó a la organización a trabajar con una sensibilidad extrema para mantener la dignidad del acto y el respeto hacia todas las personas presentes.
El papel de las víctimas
El homenaje otorgó un protagonismo central a las víctimas y sus familias. Cada una de las 237 personas fallecidas estuvo representada por un grupo de allegados, y durante la lectura de nombres se alternaron lágrimas, silencios y gestos espontáneos. El protocolo, lejos de suprimir la emoción, la encauza: establece el marco para que la expresión del dolor sea posible sin desorden ni confusión.
En el vídeo del acto retransmitido por RTVE se observa cómo los Reyes saludan personalmente a varias familias, y cómo la cercanía física sustituye a los discursos.
El desafío reside en equilibrar el dolor individual con el sentido colectivo del Estado. Cada abrazo improvisado, cada mirada fuera de programa, obliga a repensar la frontera entre espontaneidad y orden. El protocolo profesional actúa precisamente en ese límite, traduciendo la emoción en respeto compartido.
Protocolo, comunicación y verdad institucional
El acto de Valencia también evidencia un fenómeno creciente, la sustitución parcial de la mirada protocolaria por la lógica del impacto mediático. Con frecuencia, en la organización de actos públicos, los criterios de comunicación o marketing suelen imponerse sobre los de Protocolo, priorizando el relato por encima de la estructura institucional de debería sostenerlo.
Pero es precisamente el Protocolo quien tiene la capacidad para representar al Estado con neutralidad, jerarquía y respeto, traduciendo los valores constitucionales en gestos, espacios y silencios.
Cuando el orden protocolario se sustituye por la escenografía mediática, el acto pierde coherencia, y las personas —especialmente las más vulnerables— quedan expuestas a errores, confusiones o manipulaciones emocionales. El Protocolo atúa con sentido de Estado, con sentido institucional.
Un acto de humanidad pública
Por tanto, en Valencia lo que se organizó fue un acto de humanidad pública, que representó el esfuerzo del Estado por rendir homenaje colectivo en una sociedad diversa, y el intento profesional por mantener el equilibrio entre forma, la emoción y la indignación.
Cada vez que el Protocolo se respeta, la sociedad entera se ordena. Cada vez que se ignora, el desorden se hace visible, aunque se maquille con luces o titulares.
Conclusión: el protocolo como garantía de buen trato institucional
El funeral de Valencia demuestra que la técnica protocolaria sigue siendo la garantía silenciosa del buen trato institucional. Frente a la improvisación o la manipulación simbólica, el Protocolo profesional recuerda que la forma es fondo.
Las imágenes de algunas familias alzando su voz contra el presidente Mazón revelan la fractura entre la emoción ciudadana y la estructura institucional. Un reflejo visible de una tensión que el Protocolo busca precisamente prevenir.
Cuando la arquitectura del acto se subordina a intereses o urgencias ajenas a su naturaleza técnica, el espacio de respeto se resquebraja. El Protocolo no debe ser una herramienta para reprimir la emoción, pero sí para preverla y gestionarla de forma que se pueda convivir con la solemnidad. Allí donde el grito sustituye al saludo y la protesta ocupa el lugar del silencio, el Estado deja de reconocerse en sus propias formas.
Esa escena, más que un error, es una lección. Nos recuerda por qué el protocolo sigue siendo necesario: porque su tarea no es vestir el poder, sino proteger la dignidad colectiva, incluso cuando el dolor y la política parecen no dejar espacio para la forma.
Para profundizar en el papel institucional del protocolo:
– Protocolo en España: evolución y concepto
– Protocolo como herramienta diplomática para la paz